miércoles, 24 de noviembre de 2010

Silencio

Un día el amor se acaba
y todo ese sortilegio
trueca en apabullante certidumbre
que demuele muros
y atraviesa fronteras.
Las palabras son ruido
que vienen a enmudecer
el ensordecedor silencio.

lunes, 22 de noviembre de 2010

La vida debería ser al revés

Se debería empezar muriendo y así ese trauma quedaría superado.
Luego te despiertas en un Hogar de ancianos mejorando día a día.
Después te echan de la Residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión.
Luego, en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro.
Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral.
Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo, no tienes problemas graves y te preparas para empezar a estudiar.
Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé.
Y los últimos 9 meses te pasas flotando tranquilo, con calefacción central, roomservice, etc. etc..
Y al final... ¡Abandonas este mundo en un orgasmo!
 
QUINO, un genio.

¿Qué les pasa a los libreros?

Antes que nada aclararé, tomaré posición: estoy a favor de la cruza de géneros, no soy racista y fui uno de los muchos que festejamos la ley de igualdad de géneros, no creo en exclusiones genéticas de ningún tipo, tampoco para escribir. No adscribo a la etiqueta como modo de encasillamiento, estancamiento o lo que se le parezca, me molestan los ghetos y soy un ferviente impulsor, en mi actividad profesional, de la adaptabilidad, la flexibilidad y la versatilidad, en arquitectura tanto como en la escritura. Los libros descienden de libros y sus enlaces no se forman por arreglos de conveniencia o pureza sino por móviles más pasionales, con sus saltos, cortes, cambios y fusiones. Poco importa si un libro es autobiografía, novela o ensayo. Basta con que sea bueno. Hay libros que no se dejan atrapar por las definiciones y existen otros que no se dejan atrapar por nadie fruto de su paupérrima calidad y estoy muy de acuerdo con eso porque prefiero que nadie los atrape, en ninguno de los dos casos.
El escritor, en su búsqueda, a veces mezcla las cosas porque se mueve guiado por las imposiciones de lo que escribe, no por cómo dicen que tiene que escribir. Pero hay una gran diferencia entre mezclar géneros –entre revisar qué es ficción y no ficción o si tiene sentido esa pregunta, por ejemplo– y confundirlos por descuido o ignorancia cuando ya fueron escritos.
Dos días después de la muerte de Saramago fui a una librería de la avenida Constitución a buscar El Evangelio según Jesucristo, el único de sus libros que no había leído. Me dirigí a la sección Ficción en Español y el bendito libro no estaba donde debía, es decir al lado de Ensayo sobre la Ceguera, El Hombre Duplicado o Todos los Nombres. Lo que había vislumbrado como una sencilla faena empezaba a complicarse. Eso no me extrañó mucho. Los clientes, fruto de la militante necrofilia argentina, deben arrasado con la obra de Saramago, me dije. No estaba en ensayos. No era del grupo de best-séllers, imposible que estuviera ahí, ¿no habrá quedado ni un ejemplar, pensé? Le pregunté a un chico que tenía una credencial en el pecho. Fue a su monitor, tecleó, se dio vuelta y me dijo que el libro estaba en la sección de religiones. ¡Era lo lógico! No estaba ni en ficción ni en no ficción. Había cambiado su condición de existencia.
En algunas librerías, por alguna razón, será por eso del vino sagrado y el pan o qué se yo, la zona religiosa a veces es vecina de la de gastronomía. Para colmo, cuando hay poco lugar, como en esta de la que hablo, las mesas se juntan demasiado y se produce un efecto dominó: algunos libros ruedan de mesa en mesa, en una insólita circulación de sin-sentidos. Esa fue la explicación que me di para entender por qué encontré El Evangelio según Jesucristo junto a una pila de ejemplares de Recetas Criollas para Cocinar en Disco de Arado. En ese mundo de criterios despiadados, la disposición de los libros responde a coordenadas imprevisibles. Aquí no hay lugar para la sutileza ni para leer entre renglones. Los nombres de algunos escritores excelentes ni siquiera despiertan un deja vu. Entre algunas librerías y otras hay la misma diferencia que entre escribir de verdad y calcar fórmulas, entre adueñarse del lenguaje y someterse a las revisiones de un corrector de Word que no sabe de matices ni contextos.
Es una pena pero a veces es así. Comprar un libro no debería ser una empresa para instruidos o expertos. Borges imaginaba el mundo como una gran biblioteca, pero también es posible imaginarlo como una librería literal. Los libros serían parte de catálogos al mismo tiempo lógicos y extraños. ¿A dónde irían a parar algunos libros desde una central de clasificaciones concretas? Acá van algunos ejemplos para los libreros amigos:
Yo Robot: Autobiografía.
Las Venas Abiertas de América Latina en  Medicina (aunque pensándolo bien podría estar en Geografía), La Peste y Ensayo sobre la Ceguera también.
Los viajes de Gulliver: Turismo, junto a Viaje al Centro de la Tierra y la Vuelta al día en 80 mundos, por supuesto.
Ciudad de Cristal en Arquitectura y Diseño al lado de La Casa de las Bellas Durmientes.
Historia Universal de la Infamia seguramente iría en Historia porque por suerte todavía no existe la sección Infamia.
Mi Planta de Naranja Lima con el Libro de la Selva y Las Palmeras Salvajes terminaría en Parques y Jardines.
El Gatopardo ocuparía un lugar en el anaquel de Animales y Mascotas, con Moby Dick y Colmillo Blanco –que no estaría de más en la vidriera de una librería que quede cerca de la Facultad de Odontología, lástima que acá en Mar del Plata no tenemos, ¿será por eso que Jack London se vende poco?
Algunos libros podrían plantear serios dilemas. Después de dar por sentado que la Divina comedia es, justamente, una comedia, ¿hay que mandarla a Teatro o Religiones? Algunos libros terminarían en varios sitios a la vez. No hay que tomarse estas cuestiones a la ligera. ¿No implica acaso una importante toma de posición poner La Rebelión de las Masas en Filosofía o Repostería?
Pero ese no es el único problema cuando uno, que le escapa al asesoramiento del empleado de cualquier negocio del destino que fuere, hace un vano intento por encontrar el librito ese que tiene ganas de leer… ¿Alguien tendría la amabilidad de explicarme por qué en la muy paqueta y sibarita librería de Güemes los libros están desordenados alfabéticamente? Si, desordenados alfabéticamente, aunque la inefable propietaria del lugar se empeñe en explicar que acomoda los libros con un orden determinado y particular que es muy difícil de entender… a eso en mi barrio le llamamos desorden.
Insisto, ¿qué les pasa a los libreros?

domingo, 21 de noviembre de 2010

Uno que nos ayudó a pensar

Carta abierta a la patria

“Esta tierra sobre los ojos, este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles, esta noche continua, esta distancia. Te quiero, país, tirado abajo del mar, pez panza arriba, pobre sombra de país, lleno de vientos, de monumentos, de esperpentos, de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos, estúpido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas, repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando de babas y estupor canchas de fútbol y ring sides. Pobres negros. Te estás quemando a fuego lento y donde el fuego, donde el que come los asados y tira los huesos, malandras, cajetillas, señores y cafishios, diputados, tilingas de apellido compuesto, gordas tejiendo a dos agujas, maestras normales, curas, escribanos, centroforwards livianos, Fangio solo, tenientes primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos, bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos, secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco, contraflor al resto.

Y qué carajo si la casita era un sueño, si lo mataron en pelea, si usted lo ve, lo prueba, y se lo lleva, liquidación forzosa, se remata hasta lo último. Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía. Te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña envuelto en una bandera que nos legó Belgrano, mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate con su verde consuelo, lotería de pobre. En cada piso hay alguien que nació haciendo discursos para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.

Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos, pobres blancos que viven en un carnaval de negros. Qué quiniela, hermanito, en Boedo, en La Boca, en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera, en los ranchos que paran la mugre de la pampa, en las casas blanqueadas del silencio del Norte, en las chapas de zinc donde el frío se frota, en la Plaza de Mayo, donde ronda la muerte trajeada de mentira.

Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking, vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga: tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas, tango, coraje, puño, viveza y elegancia. Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia. Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metas, que vachaché, dale que va, paciencia. La tierra, entre los dedos, la basura en los ojos, ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos, y no decir mañana porque ya basta con ser flojo ahora. Tapándome la cara, me acuerdo de una estrella en pleno campo, me acuerdo de un amanecer de Puna, de Tilcara de tarde, de Paraná fragante, de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos quemando un horizonte de bañados. Te quiero país, pañuelo sucio, con tus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero sin esperanzas y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada más que de lejos y amargado. Y de noche”.


Julio Cortázar, 1955

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Todavía quedan hijos de puta

http://www.lanueva.com/edicion_impresa/nota/9/11/2010/ab9004.html


Este artículo se publicó el martes en el Diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, obviamente sin firma, aunque sospecho quién puede ser el autor de semejante hijaputez, el director de tal pasquín es Vicente Massot ex viceministro de Defensa de Menem, cargo al que debió renunciar luego de reivindicar la tortura.Confieso que, mal que me pese, tengo que coincidir en algo, a mí también me pone mal la muerte de Massera en las condiciones en las que se dio, este emblema del genocidio, apropiador de bebés, asesino de inocentes, torturador y cobarde ladrón debió de haber terminado su miserable vida en la cárcel.

martes, 9 de noviembre de 2010

Viaje

Cuando el avión despegó reconocí la inquietud y el vértigo que transformaba mi aparente e impostado sosiego en una tensa vigilia. Mi hijo miraba a través de la ventanilla, absorto, exultante, concentrado en absorber cada uno de los detalles, hasta el más minúsculo, de su gran, nueva experiencia. Yo no paraba de sudar. El pasajero que iba sentado en la butaca de adelante tenía pinta de iraní, por lo que fantaseé con que tal vez de un momento a otro iba a sacar uno de esos fusiles rusos, un ak 47 y secuestrar el avión. La ocurrencia me hizo sonreír. Al cabo de un rato, en una indolente duermevela, me puse a recordar mi infancia y parte de mi adolescencia en aquella ciudad que habíamos dejado atrás.
Para mi sorpresa, me di cuenta de que recordaba muchas cosas. Me acordaba, por ejemplo, de las paredes de la casa paterna, que eran de madera y de cómo se mojaban los tablones cuando caían esas lluvias interminables del invierno. También recordaba el bar de Mingo, que estaba unas tres casas más allá. Nítidamente las imágenes del bar se amontonaban en mi memoria y fundamentalmente la cancha de bochas ubicada en el patio trasero, a la que, junto con mis primos, entraba a través del portillo de la medianera del baldío vecino. ¡Si parece que estuviera ocurriendo ahora!
Y más recuerdos. Una chica llamada Gabriela, otra llamada Viviana y otra, Alejandra, las hermanas Pedrosa y una cuyo nombre he olvidado, pero a la que besé en el día del último cumpleaños de mi abuelo. Las figuritas y los campeonatos de fútbol en la parroquia. El rostro de mi amigo Roberto y el de su hermana, María José. Los ataques de asma. Una tarde en que creí que me estaba volviendo loco. Otra tarde en me colé en el cine. El día de la lluvia, cuando rompí mi bote a pilas.
Por supuesto, hice más cosas que aún recuerdo: batí mi propio récord de tiempo escondido de mis padres, batí mi propio récord de masturbaciones, batí mi propio récord de páginas leídas en un día, batí mi propio récord de felices horas perdidas sin hacer absolutamente nada.
Fui feliz allí, menos mal que decidí partir.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Buscando a Clara Anahí Mariani


Querida nieta:
Soy tu abuela "Chicha" Chorobik de Mariani, te busco desde el momento en que mataron a tu madre y te secuestraron de tu hogar en la calle 30 Nº 1134 de La Plata, República Argentina. Era el 24 de noviembre de 1976 y tenías 3 meses de edad. Desde ese momento con tu padre te buscamos hasta que a él también lo asesinaron. A pesar de que trataron de convencerme de que habías muerto en la balacera, yo sabía que estabas viva. Hoy está comprobado que sobreviviste y estás en poder de alguien. Ya tienes 31 años y tu número de documento probablemente sea cercano al 25.476.305 con el que te anotamos. Yo quisiera pedirte que busques fotos de cuando eras bebé y las compares con las que acompañan este texto.
Quiero contarte que tu abuelo paterno se dedicó a la música y yo a las artes plásticas; que tus abuelos maternos se dedicaron a las ciencias, que tu mamá amaba la literatura y tu papá era licenciado en economía. Amos tenían un gran sentido de la solidaridad y compromiso con la sociedad. Algo de todo eso tendrás en tus inclinaciones de vida porque, a pesar de que hayas sido criada en un hogar distinto, uno guarda internamente los genes de sus antepasados. Seguramente hay muchas preguntas sin respuesta que aletean en tu interior.
A mis más de 80 años mi aspiración es abrazarte y reconocerme en tu mirada, me gustaría que vinieras hacia mi para que esta larga búsqueda se concretara en el mayor anhelo que me mantiene en pie, el que nos encontremos.
Clara Anahí, mientras te espero seguiré buscándote.
Te abraza, tu abuela "Chicha Mariani
".

De regreso a casa

Mucho tiempo había pasado desde que pisé por última vez el empedrado de las calles del pueblo. Lo recordaba con esa tranquilidad casi abusiva, con esa pasma monótona, petrificado en una brillante inmovilidad, y no obstante, sabía que alguna vez iba a llegar el momento del regreso, y eso era ahora.
No añoraba nada de ese lugar. No añoraba las tardes de pesca en el río ni las festividades patronales en la plaza central frente a la iglesia, tampoco extrañaba los juegos en la vereda de la casa familiar con los amigos de la infancia ni los largos paseos a caballo con mis hermanas y mi madre, nada de eso evocaba, no había nada en este mundo que me ligara sólo un ápice a ese mortífero sopor pueblerino, es más, lo desdeñaba. Si. Desdeñaba todos y cada uno de los recuerdos que me vinculaban a ese miserable pueblito perdido en el medio de alguna parte, olvidado de todo y de todos, un lugar indigno para mí, me había acostumbrado a vivir en la capital, ahí donde las cosas eran diferentes. Si. Decididamente eso era lo que a mí me gustaba, la gran ciudad, allí donde el vértigo de las luces y los automóviles es manifiestamente palpable, allí donde dicen que Dios atiende, donde la velocidad puede tocarse, donde todo pasa por delante de las narices y basta con estirar el brazo para poder tenerlo, si definitivamente ese era mi lugar y no ese caserío de mala muerte a donde, sin embargo, estaba regresando.
Profesaba un odio acérrimo a ese pueblo que me había convertido en uno de esos espectros con los que, durante la infancia nos atormentan por la noche, uno de esos espectros que se ponen a horcajadas sobre nosotros y nos chupan la sangre, dominadores, huidizos y tiránicos, pero, sin la menor duda, si los dados de la fortuna hubieran caído de una manera más favorable a mi persona, la historia hubiera sido otra. Pero no era esta historia. No.
Nada que estuviera relacionado con mi infancia era realmente significativo. Nada. Ni siquiera prestaba atención a las cartas que periódicamente enviaba mi madre, como si un infinito mecanismo de negación gobernara todo mi ser, para convertir a los recuerdos en sucesos que están y no están dentro de la cabeza, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen.
La última carta estaba llena de referencias a la construcción de la nueva estación de trenes del pueblo, un edificio impresionante, de una arquitectura maciza de estilo inglés, con balaustres y ornamentos en hierro, vidrios emplomados, techo de pizarra y dos torretas de magníficas proporciones desde donde se podía ver la llegada del tren. Su construcción significaba un gran paso para el pueblo, un signo de prosperidad, sin embargo nada de eso tenía valor para mí, la vida en la gran metrópoli era otra cosa, carecía de cualquier sentimiento de pasión, ya fuera por una cosa o una persona, vivir allí anónimamente, sin mostrarse bajo ninguna circunstancia, a cierta distancia de la gente para evitar sumergirme en el torbellino de las cosas era lo que más me gustaba. Comía, iba a trabajar y volvía a la pensión, como si a pesar de todo, yo no estuviera allí. Vivía ajeno a las miradas de los otros, lejos de los ojos inquisidores del pueblo, que me escrutaban pidiéndome respuestas. Y sin embargo estaba volviendo.
Vi las primeras casas mientras el tren corría en lo alto del terraplén. Tenía la impresión de estar en una película de ciencia ficción en la que sólo quedaba un último hombre sobre la Tierra, tras la fulminación de cualquier tipo de vida. Algo en el aire evocaba un Apocalipsis. No había calefacción y el frío y el miedo se mezclaban en una sensación de angustia que me resecaba los labios. Aparté los ojos de la ventanilla y miré con desgano el interior del vagón, un antiguo carruaje de principios de siglo, incómodo, con bancos de madera mal pintados de ocres y de verdes. Estaba casi vacío. La única y minúscula señal de vida consistía en las tres personas que me acompañaban. Tenía frente a mis ojos el gran cuadrante blanco del reloj del vagón, las agujas no avanzaban nunca, como si levitaran en un instante infinito. El tren avanzaba y la nausea crecía. En ese momento pensé que la vida en la capital era mejor, que nadie reparaba en mí, camuflado entre la gente y también pensé que ya nada sería como antes. Entonces, la tregua, el abandono bucólico de la contemplación del paisaje desaparecieron y fui otra vez el nudo de tensiones de los dos últimos días de huida. Aquello que había pretendido dejar atrás con el tiempo y la distancia terminaba por alcanzarme y viajaba conmigo hacia el momento funesto.
Cuando el tren entró en el pueblo los vi, una larga hilera de personas y atrás otra, y otra más, una multitud se había reunido para verme llegar, para cerciorarse que, de una vez y para siempre había regresado a saldar mis deudas. Parecían siluetas de cartón recortadas contra el furibundo cielo anaranjado. Ya estaba a punto de detenerse el tren y seguía descubriendo gente, rostros serios, adustos, ajados por el tiempo y la memoria, una multitud prácticamente interminable a la sombra de la imponente estructura de madera que dominaba toda la escena.
“No hay escapatoria” me dije, al tiempo que una leve brisa mecía la rústica cuerda del nudo corredizo.

La casa de los conejos


Leí hace un tiempo "La casa de los conejos", una excelente novela que habla de la clandestinidad, de la conciencia y del temor, pero, sobre todo, de la esperanza de los ojos infantiles por seguir abiertos. En cada una de las descripciones de la autora cohabitan una conmovedora belleza , una dignidad sobrecogedora y, más aun, un delicado registro de continuos descubrimientos y asombros que dan espacio a la fidelidad de conciencia. Entre la muerte y los juegos infantiles, no hay casi transición. Un relato que estremece porque lo hace en tono muy íntimo, sin golpes bajos.
En estos momentos ando con "Jardín blanco", de la misma autora, luego les cuento
.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Amores Tangos - Milonga Cardinal




Hermosa milonga interpretada magníficamente.
Amores Tangos nace a principio de 2008, como un encuentro de músicos y amigos, que luego de haber tocado en distintas orquestas y escenarios de Buenos Aires, deciden juntarse y armar una banda.
Jose Teixidó, en guitarra y dirección, Nicolás Perrone en bandoneón, Lucas Furno en violín, Gerardo De Mónaco en contrabajo, y Juan Pablo Gallardo en piano, son Amores Tangos y desde entonces, se han presentado en teatros, bares, milongas porteñas, y en toda la Argentina, con una gran respuesta del público.
En el sonido del grupo, se mezclan el Tango, la música latinoamericana, el jazz, la música de los Balcanes, y también hay espacio para la improvisación y el juego.
Su repertorio incluye tangos propios y clásicos, valses y milongas, bossa nova, cumbias y canciones, interpretadas desde una mirada libre y contemporánea.
En diciembre de 2009 Amores Tangos, edita su primer trabajo discográfico, “Orquesta de Carnaval” de producción independiente.
Con arreglos simples que destacan melodías, el grupo logra un disco de sonido envolvente que invita a escuchar desde la primera hasta la última canción.
A la formación del quinteto se suman nuevos instrumentos, el acordeón, el saxo, la melódica, el cello de Paula Pomeraniec, la percusión de Martín González, y la voz Osvaldo Peredo.